La confrontación que surge de dos realidades

“Sólo nos ilumina lo que amamos,

Y la felicidad que compartimos” – Soto A.

Siempre he creído que las experiencias y encuentros con grandes seres humanos, no son simple coincidencia; al contrario, son la oportunidad para la construcción de nuevas historias que nos revitalizan y hacen que nuestra vida tenga raíces llenas de sentido. Y lo creo precisamente porque lo he vivido, y además, porque pienso que la experiencia del Vichada hace parte de mis mejores historias.

Hace un tiempo leía un artículo de Alvarito[1], en el que se exponía a groso modo una nueva forma de pensar la ética en Colombia, a propósito de los diferentes contextos de los conflictos sociales existentes. De dicho texto, me quedó grabada sobre todo la palabra confrontación. Pero, el motivo de esto fue porque, cuando creí entenderla, levante la mirada del papel y pude ver que mi realidad, que lo que hago comúnmente, que Colombia entera (junto con sus muchas y diferentes formas de violencia) me confrontaban de una manera desbordante. Y lo hacían no precisamente de forma positiva, porque esa mirada honda y llena de significados, me invitaba a conocer relatos y formas de vida de gente a la que antes ignoraba y que pedían a gritos ser reconocidas.

Pues bien, después de esos primeros impactos (en su gran mayoría teóricos y ceñidos a realidades históricas y literarias), tuve la posibilidad de confirmar la teoría en la experiencia de lo real. Es decir, pude comprobar por ejemplo, que la maldita máquina de la industrialización, junto con sus grandes y graves consecuencias que leía en algunos textos, se confirmaba con un simple vistazo por la ventanilla de la avioneta, cuando nos adentrábamos en los llanos del inmenso departamento del Vichada.

Esa primera realidad, la que es negativa y cruel dentro de esta historia, fue el encuentro inmediato con impactos visuales que me permitían ver las varias excavaciones que hacen las petroleras en la llanura, las desviaciones de nuestras fuentes de agua cristalina, la siembra sistemática y continua de miles de hectáreas de palma africana, la sequía de caños, lagunas y ríos, y con todo, los impactos ambientales a los que nos hemos tenido que someter, gracias a la invasora y retrógrada “industrialización” que se ha disfrazado con la máscara de progreso.

Al respecto, no bastaría con una, más bien, serían muchas las preguntas que se podrían formular a partir de esta situación tan devastadora a nivel de impactos ecológicos en nuestro territorio. Valdría la pena encontrar responsables en medio de la rabia que producen esas imágenes, valdría la pena también someter al análisis este tipo de realidades en los procesos educativos de nuestros jóvenes colombianos, y en consecuencia, valdría la pena empezar por hacer conscientes a miles de colombianos de lo que realmente pasa en nuestro país.

Sin embargo, después de tanto interrogante en relación con esos problemas ambientales, llegaron respuestas que, a decir verdad, nacieron en medio de una comunidad. Esta verdad partió de una esperanza, la de un punto dentro de todo nuestro mapa en donde la tierra todavía huele a gente que la protege, donde la naturaleza nos despertaba, nos bañaba, nos acaloraba y nos daba de comer durante toda la semana. Y es aquí, donde la distinción entre las dos realidades es más clara, porque después de tres días de estar en el Vichada, viendo tierra seca y pocas posibilidades de mejora, la naturaleza y su hija tierra me dan una lección y me ponen a soñar en otro mundo posible.

En la mañana del martes, la naturaleza me despertó con una fuerte lluvia y los colores y olores del lugar donde me encontraba, cambiaban sustancialmente. El llano pasó de verde seco, amarillento y muerto, a destapar un paisaje lleno de los diferentes verdes de las plantas y los animales que me invitaban a retomar la creencia en un presente y futuro promisorio. La tierra agradeció el agua, y fue cuestión de horas las que ella se tomó, para mostrarme que la vida pasa por diferentes momentos e intervalos en donde, por más dura que sea la situación, no se puede perder el norte de lo que somos y podemos dar.

Después de la lluvia, a eso del medio día, cuando iniciamos labores con la comunidad, sentí que eso que la tierra me mostraba y me decía, se confirmaba con sonrisas, compromisos y promesas de la gente que conocimos. Recuerdo que en medio de la interacción con los niños, jóvenes y adultos de la comunidad, hubo en particular unas palabras de un anciano (muy sabio él) que me llamaban la atención. Dentro de las mil cosas que se comentaron e hicieron, un momento sublime que considero muy importante, fue el compromiso social y espiritual que se desarrolló entre PA y el resguardo, en el momento en que se delimitaron las sendas de lo que será el inicio de una posible esperanza para el país.

En este caso, la confrontación fue positiva y se llenó de un sentimiento expresado prácticamente en lágrimas con el acontecimiento del compromiso que se llevó a cabo con la tierra, la comunidad y PA. El color del pasto y de la tierra era increíble, las ganas de la gente en darle inicio al proyecto fueron aún más admirables y el momento espiritual en el que se inició la danza, hombro con hombro, sin que las fronteras de la edad importaran mucho; niños, jóvenes y adultos nos daban a conocer su vida y nos invitaban a hacer parte de ellos con su canto.

Después de eso, las palabras del anciano me ayudaron a entender eso que viví, puesto que hubo una muestra de compromiso material pero también espiritual entre ellos y nosotros… Por eso, esta historia personal no me invita solo a pensar lo que pasó y lo que ahora pienso, también me deja las puertas abiertas para un futuro sin límites ni fronteras. Y por eso mi historia no termina todavía, hasta ahora la pongo en las raíces de mi vida, esa que me está invitando a venerar y amar la tierra, y también, la que me dice que la felicidad es esperanza y tiene sentido cuando se vive en un espacio comunitario como el que PA me permite vivir.      


[1] Director General de Profesionales Amigos

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