La vida es lo que se siente

El Vichada, su cielo, su suelo y su agua, me regalaron dos cosas fundamentales: una confirmación intelectual y un “recorderis” espiritual. La primera tuvo que ver con una postura relativista, que, a pesar de permear fuertemente el trasfondo de mis posiciones epistemológicas, suele ser difícil de materializar en acciones y percepciones inmediatas sobre modos de vida. Por primera vez, el Vichada me permitió conocer formas de vivir diametralmente distintas a las que he visto, tocado, olido y oído. Me permitió ver que las preguntas (recurrentes en los mundos mediáticos) del tipo “¿cómo harán las personas que no tienen acceso a (escriba acá cualquier objeto, herramienta o concepto versátil, “democrático” y/o generador de dependencia) para vivir?”, es de fácil(ísima) y evidente respuesta: “viviendo”. Pero este “viviendo” es el real, el vivir directo, el que tiene que ser. Es un vivir sentido, experimentado, de contacto, de sensación, de conciencia del entorno, de apreciación de lo existente. Es el calor, la sensación de la tierra bajo los pies, la suciedad, el agua, el cielo lleno de estrellas, el sol en la cara, la vajilla plástica multicolor juagada con agua “casi” limpia, la araña en la puerta del baño, el amanecer rosado, el atardecer naranja, los mil tipos de verde, las caras de las personas, sus palabras de agradecimiento y fortaleza bañada en vulnerabilidad, las piruetas de los niños, sus bromas, las flores, los ataques de las langostas voladoras, el paseo en moto por la llanura, el polvo, el miedo, la incomodidad, las sonrisas espontáneas. Lo que es digno de señalar es que la mayoría de estas cosas no son características únicas e intransferibles del resguardo Gavilán La Pascua, sino parte del mundo y de la vida a la que todos podríamos tener acceso cotidiano si no estuviéramos todo el tiempo ocupados con las cosas importantes que en realidad no lo son: lo artificial, lo que no se siente sino que se piensa, lo que más allá de definirnos, nos coarta. Justamente en esto reside mi segundo regalo, mi “recorderis” espiritual. Toda esta vida que llevamos, llena de preocupaciones y angustias, es lo que no somos. Lo que somos está en el río, en la tierra, en el cielo, en el sol, en nuestra piel cuando se deja impregnar por el ambiente, y no cuando lucha por evitar el contacto con otros humanos “iguales pero diferentes” en el fuelle de un Transmilenio de 5 de la tarde. El Vichada me regaló el renacer de esa parte del alma que se esconde muerta del miedo frente a las frustraciones laborales, a los trancones y a la contaminación. Me llenó de admiración y agradecimiento por esas personas que sí viven la vida de verdad, la que se vive sobre la tierra y sobre el agua; que lo tienen todo y a la vez poco, pero de ese poco están dispuestos a dar mucho; que saben lo que son y saben lo que necesitan, y quieren luchar por ello; que reconocen sus errores y sus debilidades con una honestidad profundamente humana. 

El agradecimiento hacia las personas se puede sentir y expresar, a pesar de que su manifestación recurrente pueda llegar a volverlo banal. Sin embargo, hay un tipo de agradecimiento que se siente con tan poca frecuencia (para la mayoría de los mortales occidentales), que difícilmente podría llegar a convertirse en algo superfluo. La caminata por la llanura, después del baño en el río “grande” y las diversas violaciones al Protocolo de seguridad, me hizo pensarlo y decirlo de boca para adentro, con un tono que resonó en mi cabeza y en mi cuerpo desde ese momento hasta el final del viaje – pasando por la vista del amanecer sobre el río Meta y por la vista desinteresada y adormilada de “Rápido y furioso 3” (o 2, o 4 o 5, quién puede saberlo) en el bus entre Puerto Gaitán y Bogotá -: “gracias, vida”

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