No cambiar sino transformar

El día de hoy, recién nos despertamos de nuestro viaje al Vichada, amanecimos con siete mil ciento treinta y dos armas menos. Sin duda alguna, quisimos sentir algo más de furor nacional por el histórico hecho: mi interpretación es que aún es difícil de creer y que muchos colombianos no alcanzan a dimensionar la magnitud del acontecimiento.

Las voces en contra, que alimentan el odio nacional con mentiras y subterfugios, le tienen miedo a la reconciliación. No sabemos por qué existen congéneres humanos que quieren ser ciegos al cambio y prefieren hundirnos a todos en el desasosiego. Sin duda alguna nos seguiremos sacudiendo este lastre.

Pienso que, en el fondo, de lo que se trata todo esto es de la diferencia entre las personas que quieren cambiar la sociedad y aquellas que deseamos transformarla. Los primeros, rechazan la realidad en sí misma de manera ingenua, como cuando atravesamos un duelo y negamos lo que sucede. Se dice que el primer paso para superar una realidad es aceptarla; y si bien, la crítica tiene su corazón en la negatividad, la transformación sólo nos llegará en el tren de la esperanza.

El deber de la esperanza nos cobija a todos en este momento y lo recordamos en este último viaje al Vichada. Quisiéramos que todo cambiara ya, que las cosas y las personas fueran distintas (muchas veces en el entendido que fueran otras personas diferentes a las que nos encontramos). Pero lo cierto es que las situaciones se nos ofrecen para transformarlas y al hacerlo transformarnos a nosotros mismos.

Transformar significa entonces involucrarnos en el mundo y sus personas (humanas y no humanas) para entender el momento en que nos encontramos, tenernos paciencia unos a otros y con esperanza, sin prisa pero sin pausa, tejer el cambio puntada a puntada. Una vez más el Vichada es la metáfora que nos escogió para explicarse.

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