Tejiendo acordes

Roma no se hizo en un día. Así mismo es el proceso que vivimos cada día poniendo más hiladas para llegar a la cima, de las primeras impresiones que tuve fue que el veintitrés de Junio inicio el año nuevo indígena y nosotros emprendimos el comienzo de otro ciclo, así mismo llevando más expectativas que nuestra primera visita con la responsabilidad al hombro y meses de trabajo para un momento, un instante de saber que cada paso nos lleva más cerca; nos preguntaremos cuál es esa cima y si llegamos qué sigue.

La cima está más allá de construir una casa, llenar sabanas infinitas de cultivos, sino saber exactamente que no lo hacemos por cumplir un requisito, aunque las circunstancias apremien, nuestra cima trasciende fuera del ámbito profesional, aunque esa sea una de las principales razones por las que nos convocamos como equipo de trabajo, se nos hace inevitable estar al margen de hacer algo sin saber para quien es, como es su condición y en cierto momento hacerla nuestra condición; para que lo físico trascienda realmente a lo espiritual y no hablo de un mundo espectral sino a la magia que adquiere el espacio habitado donde es inevitable sentirse envuelto por un manto gigante que calienta para así pasar del espacio vacío a una hoguera que nos convoca, en este caso no como profesionales sino como familia.

Esto me lleva a tres elementos que sin darnos cuenta resumen mucho de las cosas transversales de la vida, donde lo naturalizamos tanto que pasa inadvertido ante nuestros ojos; o así lo era en algún momento… cómo pasar por alto el refugio, abrigo y alimentación elementales cierto, en este proceso de aprendizaje donde cada detalle hace una inmersión al conocimiento empezó realmente este ciclo.

Iniciamos en una comunidad llamada Bello Horizonte entre cantos en sikuani esa espiritualidad enalteció el alma y calmó las tempestades de la mente; sólo se escuchaba un leve susurro que nos envolvía –no sabíamos muy bien… la calma llegó, los males se alejaban. Después de ese momento los sentidos se agudizaban, las manos se movían al son de historias tejiendo la guapa, se iba conformando la orquesta; en ese momento lo entendí: estábamos tejiendo no solo fibras sino relaciones, espacios, recuerdos… territorio; entendí una pequeña parte de esta gran urdimbre y cómo todos estando separados al unirnos en determinada posición formábamos algo impensable donde cada pieza cumplía un papel. Y así con esto en mente, traté de encontrar más hilos, más fibra, más sonidos que me ayudaran a completar el tejido, la orquesta.

Así mismo, en nuestro paso por Bello Horizonte dejábamos vacío. La tristeza de Don Eladio, para luego entrar en la acogida y la alegría de Elvira en la comunidad del Progreso donde pasaríamos el resto de la semana; fuera de la visita a San Rafael nuestra gran extensión de familia, los dos panoramas eran de gran contraste, como dejar algo que realmente quieres, salir de la pasión del corazón para aprender a compartir, “partir para compartir”… por eso mismo partimos, nos fuimos para devolvernos a “compartir” valga la redundancia.

En este punto, el equipo se empezó a conformar como familia, se empezaron a tejer los hilos, se sentía la armonía en la melodía de la orquesta aun un poco baja esperando el momento del coro para explotar fulminantemente en un acorde donde lo estábamos dando todo y todos volviendo a nuestros tres elementos. Llega la señora Ethelbina transmitiendo conocimiento adquirido por la experiencia de la vida, el abrigo que enseñaba cómo extender ese lazo con calor de hogar para que cada una de sus estudiantes hiciera eso mismo pero ya no espiritual si no que trascendiera a lo físico, y aquí literalmente se enalteció la orquesta, resonó los tambores, se tejió el conocimiento de Ethelbina con las manos de sus estudiantes.

Paralelo a esto el refugio fue una especie de epifanía colectiva cuando se desdibujaba los mitos occidentales y se revelaba las costumbres desde lo más digno, desde dónde venimos; y así fue, como parte intrínseca a todo volvimos a lo básico la tierra elemento que está vivo no está inerte y el panorama de posibilidad se extendió como la sabana, y la epifanía esta vez fue para mí aunque lo reconocía no lo había identificado la tierra fue la fibra que nos podía ayudar a tejer territorio, y en ese momento retumbo un acorde no solo en mi cabeza sino que empezó a hacer eco en todos, la orquesta estaba en un furor donde el concierto nos dejaba estupefactos, y en ese momento estuvo en un solo la experiencia del pañete donde realmente vi el tejido del trabajo, estudio, apoyo, comunidad fue donde trascendió lo espiritual a lo terrenal; cuando las manos tocaban el muro y esculpían sueños en la pared, el refugio tornó a otro ámbito, evolucionó al campo de ¡hagámoslo! ¡tejamos juntos en UNUMA! Y cómo pensar la vivienda, el refugio, si no hay nada que garantice mi estadía allí en lo más básico –la alimentación, y volvimos a la tierra como origen: lo que nos podría servir para construir, ahora nos podría dar para consumir y ¡qué mayor ejemplo de simbiosis entre las partes! En ese paralelo de sonidos iba finalizando la sinfonía de Profesionales Amigos y en el horizonte se veía la unión de muchas partes para ser un solo tejido retumbando en la sabana; no olvidar el director que hizo posible que la armonía cayera en el acorde perfecto.

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