Viaje a Territorios olvidados, paraísos escondidos

Quiero contar que Vichada, el lugar que para muchos es extraño y desconocido, fue el responsable de causarme fuertes emociones, inolvidables momentos y una de las mejores experiencias vividas hasta ahora; así que, sin más preámbulo, empezaré…

Entre el ruido, el interminable tráfico, el afán de las personas en una noche de lunes dejé atrás la llamada Atenas Sudamericana, la incertidumbre al no saber lo que pasaría me hacía reír e imaginar posibles circunstancias pero durante el trayecto del viaje, cada paisaje y situación me fueron relajando y fue así que, al recorrer el río Meta, mientras el reflejo del sol sobre el agua exaltaba la intensa luz del amanecer llanero, me hizo olvidar y desconectar de la ciudad.

Sentir el cálido viento que despeinaba interminablemente mi cabello me relajaba y luego de un largo recorrido, La Primavera Vichada nos dio la bienvenida con un caluroso día. Cada mañana trajo consigo nuevos compromisos y solicitudes por atender y luego de estar algunos días allí llegó la hora de partir hacia el resguardo: ese día fue uno de los mejores, entre olores de abundante comida y pesado equipaje emprendimos nuestro viaje hacia adentro. El recorrido fue divertido, pues el estado en el que se encuentra la rojiza vía y los caminos que a duras penas se distinguían entre la llanura, fueron la causa de que hubiese una disminución notable en la velocidad del trayecto lo cual permitió observar la gran variedad de aves que se posaban sobre los árboles o volaban en la inmensidad del paisaje.

Cuando llegamos a San Teodoro, caserío que está ubicado junto al resguardo noté que era un lugar muy solitario, donde no pasaba mucho, sus anchas calles también terrosas y coloradas acentuaban la ausencia de personas y los sonidos de los pájaros eran los protagonistas; me sentía tranquila. El recorrido que iniciamos desde allí visitando las comunidades indígenas, fue el inicio de la relación con las personas con las que durante los próximos días compartiríamos gratas experiencias. Entre lugar y lugar, las texturas, los colores, olores y sensaciones se hacían más presentes y consientes en mí y al terminar la jornada, la tarde se despidió con un bello crepúsculo multicolor mientras el cielo al mismo tiempo recibía la redonda luna al otro lado de la llanura.

Durante la estadía en San Teodoro, tuve una de las sorpresas más gratas de todo el viaje: un caño de agua. Ese lugar era fantástico pues había un pozo de agua con tonalidad azulosa, la transparencia del agua permitía ver al fondo la blanca arena, las hojas secas que caían de los árboles circundantes y mis pies pálidos. Pude deleitar el intenso olor aromático que invadía el ambiente proveniente del agua y mientras mi cuerpo flotaba, mis ojos apreciaban la cantidad de verdes y formas de las hojas de los árboles sobre el fondo azul del firmamento. En ese lugar me sentí feliz.

Los días posteriores no pudieron ser mejores, el recorrido en moto para ir hasta “el Progreso” lugar donde todos los días nos reuníamos con la comunidad era uno de los mejores momentos, pues se podía apreciar la inmensidad marcada por una contundente línea que marcaba el encuentro entre la tierra y el cielo: el verde abundante de la llanura contrastaba con el azul y el blanco de algunas nubes esparcidas. Por fortuna, nos trasladamos al resguardo y allí el tiempo pasó más rápido, el día comenzaba con un majestuoso concierto de sonidos naturales: los pájaros eran los protagonistas y el escenario se transformaba a medida que la luz del sol se asomaba pues los volúmenes y siluetas se volvían nítidos y dejaban ver cada cosa y persona que minutos atrás eran difícil distinguir.

El paisaje se iba completando al aparecer, de diferentes lados, personas del resguardo que llegaban al encuentro con el ánimo y la energía de seguir imaginando y proyectando el futuro de su comunidad. Esa semana me hizo reiterar que debía estar allí y que esa experiencia era lo que desde hace algunos años había deseado vivir.

Finalmente llegó el último día de actividades. Me sentía extraña, muchas sensaciones me invadían y pensamientos rápidos y continuos atravesaban mi mente. El último viaje en moto por la llanura para llegar hasta UNUMA pasó más lento y una fugaz película de todo lo que había vivido durante esas dos semanas acompañó el recorrido. En UNUMA, me invadió uno de los sentimientos más confusos pues sentía alegría de que estuviéramos allí dando inicio a la construcción de los sueños de la comunidad, pero sentí una gigante nostalgia de mi partida. Despedirme de la comunidad hizo inevitable que mis lágrimas corrieran por mis mejillas y a medida que el lugar iba quedándose solo pensé que ya estaba extrañando ese lugar, ya estaba extrañando a las personas que tuve la oportunidad de conocer. Mario y Elvira habitantes del Progreso alimentaron especialmente mi deseo de volver allí, las ganas para continuar soñando y trabajando para hacer posible y realidad UNUMA y la consolidación de una organización indígena en Colombia que dé inicio a una nueva sociedad.

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